Fue entonces cuando me di cuenta: cuando el mundo parecía oscuro y aterrador, el amor podía hacerte salir a bailar, la risa podía llevarse una parte del dolor, y la belleza podía erosionar el miedo. En aquel momento decidí que mi vida estaría llena de esas tres cosas. No solo por mi bien, sino por el de mi madre y el del resto de las personas que me rodean.
Es decir, empecé a contarme a mí misma una bonita historia sobre mi vida, sobre el destino y sobre la forma en que suceden las cosas.
No sabía si yo me había acercado a él, si él se había acercado a mí o si nos habíamos encontrado a medio camino.
-Siempre cuesta más escribir cuando estás obligado. Es como si... la presión lo convirtiese en un trabajo como cualquier otro y, al mismo precio, podrías estar vendiendo seguros. De repente contar la historia pierde la urgencia.
Los finales felices no importan si el trayecto hasta ellos no vale nada.
Fue la primera vez que sentí alivio en semanas y, a partir de ese momento, leí sin parar todas las novelas románticas con las que pude hacerme. Y luego, sin planearlo, empecé a escribir una, y esa sensación, la sensación de enamorarme perdidamente de una historia y de sus personajes cuando brotan de mí, no se podía comparar con nada.
La primera vez que le detectaron cáncer a mi madre, aprendí que el amor era una vía de escape, pero fue la segunda vez cuando aprendí que también podía ser un salvavidas cuando te estabas ahogando.
Ahora le preocupaba que aquellas similitudes sacaran a la luz lo peor de ella. Tal vez ella, como su padre, fuese incapaz del amor que se había pasado la vida persiguiendo.
De eso se trataba: yo me acordaba de las cosas como pensaba que habían sido, y luego estaba la verdad, Esa Verdad, que había rasgado los recuerdos por la mitad como si fueran fotos.
-Oye, igual el motivo por el que no has podido terminar tu libro es que no dejas de preguntarte qué quieren leer los demás en lugar de qué quieres escribir tú.
El último año de mi vida lo demostraba. Podía inventarme todas las historias que quisiera, pero daba igual si al final la historia no me enamoraba, si la historia no tenía la fuerza de un ciclón y me atrapaba. Eso era lo que siempre me había gustado de leer, lo que me había llevado a escribir. Esa sensación de que se estaba tejiendo un mundo nuevo a tu alrededor como una telaraña y tú no te podías mover hasta que se te revelara por completo.
Quería hacer que Gus sintiera lo mismo. Quería que se levantara al día siguiente deseando escribir. Demostrarle lo difícil que era escribir una novela romántica era una cosa, y estaba segura de que lo acabaría viendo, pero conseguir que entendiera lo que tanto me gustaba del género -que leer y escribir era casi tan cautivador y transformativo como enamorarse de verdad- sería otro reto distinto.
Por fuera éramos muy diferentes, pero, en esencia, los dos queríamos lo mismo: una vida envuelta de un halo de magia, cada momento más espectacular y resplandeciente y sabroso que el anterior.
Él me repetía una y otra vez que yo no era la misma, pero se equivocaba. Era la misma de siempre. Solo había dejado de intentar emitir ese halo de luz en la oscuridad por él y por nadie.
Encajaba tan bien en la historia de amor que me había imaginado para mí misma que lo tomé por el amor de mi vida.
Pensaba que echar de menos a mi padre sería lo más difícil que haría en la vida, pero resultó peor, lo más difícil era estar enfadada con alguien con quien no podía hablar las cosas.
-Supongo que... hace unos años, me di cuenta de que mi madre no era una niña. -Se encogió de hombros-. Yo pensaba que estábamos esperando el momento perfecto para marcharnos, pero ella nunca iba a marcharse. Nunca me dijo que fuera a hacerlo. Podría habernos sacado de ahí y no lo hizo.
Por eso -murmuró-. Sé que no era tan simple y, cuando hablo de este libro, le digo a la gente que quiero explorar <<los motivos por los que la gente se queda, sin importar lo que les cueste>>, pero la verdad es que quiero entender sus motivos.
<<No toda la gente errante anda perdida>>.
-No tienes por qué contármelo -me dijo-, pero que sepas que puedes.
Se me cayó el alma a los pies. Yo no quería eso, por lo menos no ahora que había visto que había más. Si quisiera charlas triviales y conversaciones minadas de temas explosivos que no se podían tocar, llamaría a mi madre. Con él quería más. Así era yo.
Pensaba... Pienso que es valiente creer en el amor. El amor duradero, digo. Buscarlo aunque sepas que puedes hacerte daño.
-No eran malas personas -dijo-. La mayoría no. Y no podía dejar que se llevaran esa impresión. A veces... A veces las personas buenas o, por lo menos, decentes hacen cosas malas. Y a veces creen de verdad que lo que hacen está bien.
<<Tu madre ha sido muchas personas en los veinte años que hace que la conozco y he tenido la oportunidad de enamorarme de cada una de ellas, Janie. Esa es la clave del matrimonio. Hay que seguir enamorándose de cada nueva versión del otro y es la mejor sensación del mundo>>.
-No sabes diferenciar entre pena y empatía -dije-. No me das pena. Me pone triste pensar que te trataran así. Me da rabia pensar que no tenías las cosas que merecen todos los niños. Y, sí, me pone triste y me da rabia que mucha gente pase por lo mismo que tú pasaste, pero todavía es peor porque eres tú. Y te conozco y me caes bien y quiero que tengas una buena vida. Eso no es que me des pena, es que me importas.
A veces lo único que podemos hacer es aferrarnos unos a otros hasta que la oscuridad nos escupe.
-No es que no quiera estar contigo, January... Siempre lo he querido. Es solo que también quiero que seas feliz y me da miedo no llegar a ser nunca la persona que pueda hacerte feliz.
-Cuando quieres a alguien -dino vacilante-, quieres hacer que vea el mundo de otra forma, darle sentido a todo lo feo y multiplicar las cosas buenas. Eso es lo que tú haces. Por tus lectoras. Por mí. Creas cosas bonitas porque amas el mundo y puede que el mundo no siempre sea como aparece en tus libros, pero... Creo que al escribirlos cambias un poquito el mundo. Y el mundo no puede permitirse perder algo así.
Tal vez aquella noche de sufrimiento me daría al menos un día de alivio.
Fue solo otro buen día. Un día perfecto. Un felices por ahora tan grande y profundo que sabía -o, más bien, creía de verdad- que no tenía que preocuparme por el mañana.
¡Hola! Soy la creadora de Letras para lectores, publicaré con el seudónimo de Layla.
Soy una artista, lectora y diseñadora apasionada, creativa y soñadora. Con este blog, busco expresar con palabras lo que siento.
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